Qurtuba

28 04 2012

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La noche de Córdoba es amarilla. Huele a naranjos y sabe a pasado. En Córdoba todo es secreto, todo está oculto tras muros de cal y ladrillo. El corazón de Córdoba es agua, se pinta de verde y suena a murmullo. Córdoba vale más por lo que esconde que por lo que muestra.

Hace unos minutos que han tocado las diez en las campanas de la catedral. Ahora el canto del muecín resuena por las calles estrechas de Córdoba. Frente a la mezquita los turistas pasan sin inmutarse. La armónica relación de lo improbable flota en un aire que nadie respira. El instante se desvanece…

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La primera vez que visitas una ciudad necesitas un momento de conciliación. Pueden ser minutos, horas, días en los que la ciudad y tu os exploráis, os conocéis, os moldeáis. Mi momento en Córdoba duró lo que se tarda en pasar de la estación de tren al yacimiento romano de Cercadilla. No más de 30 pasos. Ante mi tímida actitud frente a una puerta que amenazaba con un “visita solo con reserva previa”, la amable mujer que se encarga de él me invito a entrar. Tres palabras describen mi momento de armonía con Córdoba: ruinas, romanas, imprevistas. Desde ese momento hasta que tres días después cogí un AVE de vuelta a casa, Córdoba se convirtió en mi recuerdo perfecto de un lugar ¿común?

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Y es que yo entre ruinas soy feliz. Estaba donde quería estar, sin la sensación de estar perdiéndome algo a kilómetros de allí. Pero a veces la felicidad que te provoca una ciudad te hace echar de menos a los que no están. Echas de menos a alguien con quien compartirlo, pero al mismo tiempo estás bien sola. La ciudad y tu. Córdoba y yo. Mientras el sol jugaba al ratón y el gato con mis gafas.

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Córdoba me recuerda a Mérida. Tal vez sean las casas bajas y blancas, las calles estrechas, la sensación de pueblecito. Tal vez un queseyó romano que perdura en ellas. Incluso puede que influya el cielo nublado.

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Sus calles tienen un algo que engancha. A pesar de su suelo revientapiernas. Que es muy bonito, pero no llevo bien la relación amor-odio que ha establecido con mis pies. Pero volvamos a sus calles. O mejor, a sus paredes. O mejor aún, a sus nombres. El encanto de Córdoba está sin duda en los extraños nombres de sus calles estrechas y rebuscadas. Ideales para perderse. O para encontrarse. Todo depende de cómo lo interprete uno. Porque alguien ha tenido la feliz ocurrencia de copiar el estilo de azulejos blancos con letras negras para hacer de Córdoba un laberinto. Digamos mejor, una experiencia. Carteles como estos:

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Si tengo que elegir un lugar de Córdoba me quedo con la Plaza de Jerónimo Paéz cuando el sol empieza a caer. Es una plaza amplia llena de árboles. Todo lo amplia que puede ser una plaza en el centro histórico de Córdoba. Sentada sobre un bloque de mármol se oye el murmullo de los turistas que toman café en la terraza de un bar. Porque esta ciudad, para no variar, está llena de italianos. Y de abogados. Aunque lo de los abogados no he llegado a entenderlo. Mirando al sol a mi derecha hay un tesoro. El Museo Arqueológico. Un tesoro en proceso de restauración, pero lo poco que enseña está repleto de epígrafes. Y a mi la epigrafía me transporta. Hay pocas cosas en la vida de las que me sienta tan orgullosa como de ser alumna de S.O. Frente a uno de esos epígrafes viví un momento mágico. Ser parte de la escena en la que 3-4 grandes epigrafistas, de esos que escriben manuales y sientan cátedra, discuten la lectura de una pieza sólo puede llenarte de admiración.

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Pero las calles de Córdoba son algo más que suelos imposibles, nombres improbables y grandes ocurrencias. También están llenas de imágenes curiosas. De esas que no aparecen en las guías y nunca encuentras si vas buscándolas. Encontrar lo inverosímil en un lugar tan pequeño se hace raro. De hecho es raro sólo el hecho de que sea pequeño. Si llevaba allí dos días y me cruzaba con la gente ¡y la reconocía! ¿Qué no harán los cordobeses? ¡Y pensar que esta “ciudad” fue la capital de unas regiones más importantes del Imperio Romano! ¡Y pensar que esta “ciudad” fue la capital del mundo árabe!

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Luego hay otra Córdoba. Más turística y más profana. Sí, profana. Porque todo en esta vida es cuestión de perspectivas. No es una Córdoba más fea, menos encantadora o menos embriagadora. Sólo es… es… menos yo.

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