La vida secreta de una servilleta

5 05 2012

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El otro día llovía. Era muchos de abril y llovía. En un ambiente a medio camino entre el Diluvio Universal y las Mil y una noches fui testigo de un desvarío. ¿Testigo? Más bien protagonista.

Nunca sabes para qué va a servir una servilleta de bar. Entre el final de un manjar y un “graciasputa” se extiende un universo de infinitas posibilidades. Y entre ellas cabe un contrato de boda. El humo de la shisha no me deja recordar el vuelo improbable de la idea sobre nuestras cabezas ni su extraño aterrizaje entre nuestros tés y un pastel de almendras. Y así, sin darme cuenta, estaba planeando una vida en común con unos cónyuges ficticios. Decidiendo que por un piso gratis (más bien un tercio de piso) podía vender un día de mi dignidad. ¿Cambia algo disfrazarse para carnaval que hacerlo en una boda? Pero lo que estaba dispuesta a ofrecer llegó más allá del simple disfraz (que sería esperpéntico a todas luces vistas las intenciones de la novia de cobrarse nosequé venganza cuya motivación no llegué a comprender). Mi futuro papel en el bodorrío (porque de boda de postín estamos hablando) entra bajo la ambigua definición de “dama de honor”. Que en este caso no supone tener menos de 12 años ni ser pariente de la novia sino en ser su “chicaparatodo”. Eso suponía que para obtener mi tercio de piso gratis (a expensas siempre de la adinerada familia de los cónyuges) debía preparar una despedida de soltera y dar un discurso. Nada que no estuviera al alcance de mis posibilidades. Y de las de mi dignidad. Curiosa palabra: dignidad. La RAE dice que es la “gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse”. Estaba claro que intentar ligarme en la boda a cierta persona, con la que comparto muchas cosas y no todas precisamente buenas, atentaba gravemente contra la definición de la RAE. Pero al fin y al cabo, un día es un día. Y por un día de dignidad ganaba un piso gratis en “cuasipropiedad”. Era un precio pequeño tal y como están las cosas. Mis futuros compañeros de piso lo tenían peor. Por mucho que el Diluvio amenazase un próximo fin del mundo, el humo de la shisha debía estar nublando su juicio. Por su tercio de piso (en las mismas condiciones que yo) estaban dispuestos a casarse y, más aún, a fingir ante el mundo que lo estaban felizmente. Con la carga de familias, eventos y mentiras que todo ello comportaba. A mi modo de ver un precio muy alto por un tercio de piso. Aún teniendo en cuenta cómo están las cosas. Incluso con el plus de lunademiel-vueltaalmundo y a pesar de la ausencia de limitaciones en amantes. El caso es que cada detalle de nuestra futura vida en común fue desvariado de forma minuciosa: hijos, vestidos, explicaciones, localización, iglesia, invitados, beso… Nada se salvó de la delirante preparación del contrato. Y así, con un exquisito lenguaje jurídico acabaron nuestras locuras sobre una servilleta. Madrid a muchos lloviendo de abril. Gracias por su visita (no confundir con gracias porsuvisita).

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Hoy llovía. Era pocos de mayo y llovía. Era una lluvia distinta. De esas que anuncian el próximo verano. De las que combinan amenazas de Diluvio y operación bikini. De esas que da gusto sentir sobre la cara. De las que despejan y limpian. De esas que lo mismo traen desgracias que alegrías. Hoy no había servilleta, pero había boda. A pesar de que mi vida y la noticia habían estado meses jugando al escondite. Boda, que no bodorrío. Real, sincera, “sencilla”. Sin disfraces, sin mentiras, sin atentados a dignidades propias o ajenas. Todo lo demás es sólo la vida secreta de una servilleta…

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