¿A qué huelen las ciudades?

8 05 2012

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La primera vez que me planteé esta pregunta fue por culpa de una ex. El protagonista de El Perfume era un aficionado a su lado. No en lo de psicópata, en el olfato. Pero tenía razón. Los olores son un mundo misterioso. Uno que yo no domino. Pero en el que ella era una auténtica artista.

Atardecía en la Ciudad Eterna. Si cierro los ojos aún soy capaz de ver el cielo azul, los jirones de nubes en el horizonte, la estela del avión surcando el cielo y la piazza del Campidoglio llenándose de sombras. La silueta de Marco Aurelio a caballo se erige imponente en medio de la imagen. Los museos han cerrado y aún quedan grupos de turistas por la plaza. Silencio. Aún soy capaz de escuchar aquel silencio teñido de murmullos. Apoyada contra el palazzo Senatorio miro pasar el tiempo. Y entonces lo siento por primera vez. Huele a Roma. Es un olor particular que no soy capaz de recordar ahora y que mi ignorancia no sabe describir. Pero huele a Roma. Y en ningún lugar del mundo podría oler de esa manera. Respiro hondo llenándome los pulmones de vida. Y entonces decido romper el tácito acuerdo de no comunicarnos. En la pantalla de mi móvil sólo una pregunta. ¿Crees que cada ciudad tiene su propio olor? Mensaje enviado. Me quedo allí aún un rato más. Una sonrisa ilumina mi cara. La satisfacción recorre cada centímetro de mi mientras me pregunto cómo es posible que no me haya dado cuenta hasta ahora. 5 viajes como turista, 2 años de mi vida entre sus calles y nunca me había parado a pensar y sentir a qué huele Roma.

Ayer cuando volví a casa las calles estaban vacías. Sólo había estado 24 horas fuera y, aún así, al salir de la boca del metro lo sentí. El olor de Madrid me llenó los pulmones. Sabía que tenía que vivir intensamente esos instantes porque son efímeros. Antes de que pudiera llegar al final de mi calle el olor habría desaparecido. Confundido en la rutina, escondido, olvidado. Cada día Madrid no huele a nada. A veces el viento trae olor a tierra mojada, o de una pastelería llega el olor de los bollos recién horneados, o un fumador ennegrece mis pulmones. Y mientras tanto Madrid no huele a nada. Pero hay días… hay días en los que puedo vivir Madrid en un solo respiro. Al pisar de nuevo sus calles, siento que su olor me envuelve, me da la bienvenida, me estremece. Y sé que estoy en casa. Con la misma certeza con la que hace un año, sentada en una plaza de Roma, sabía que respiraba el paraíso.

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