Extraños

19 05 2012

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Hay gente que pasa por tu vida de un modo tan intenso que una no se explica cómo se convierten en extraños. Son tan desconocidos como la mujer que te cruzas en el metro, el taxista que te lleva al aeropuerto, el niño cuyo balón llega a tus pies en una tarde de parque. Rostros efímeros, desdibujados, vacíos de contenido y significado. Sus caras son sólo el lamento de un recuerdo lejano, idealizado e irreal, que lucha por sobrevivir en tu subjetiva memoria. ¿Cómo han llegado hasta allí? No lo sé. Y me apena, me da rabia, me indigna. A veces. Sólo a veces. Otras no puedo que agradecer al paso del tiempo convertir mis monstruos en extraños.

Extraños que lo fueron todo (o casi). Es una realidad con la que no me acostumbro a convivir.

Hace un año estaba en las calles indignándome junto a una (casi) desconocida que meses después llegó a serlo todo. Y ahora… Ahora es uno de esos rostros desdibujados que no reconozco. Una extraña más. Ya no es una (casi) desconocida. Ahora es una extraña. Y el matiz importa. Porque a una desconocida no la echas de menos, dejarla atrás carece de importancia. Pero hay extraños de los que no quieres desprenderte. Y uso un término tan posesivo porque no te desprendes de las personas sino del sentimiento que generan en ti. Y ese es tan exclusivamente tuyo que justifica el verbo. Hoy la pienso y no la reconozco. Hoy la recuerdo y su presencia evanescente sólo deja un vacío a mi lado. ¿Qué precio pagué por amarla? ¿Qué precio por perderla? ¿Qué precio pagaré por desprenderla? ¿Quiero hacerlo? No lo sé. Sólo sé que al volver la vista atrás el recuerdo de lo que fui y fuimos se ha convertido en un sueño. Algo irreal que tal vez sólo viva en mi imaginación. El fruto de una de esas noches en las que al despertar parece que has vivido un mundo paralelo apenas evaporado para que la realidad siga girando.

O tal vez como dijo Terenci Moix: No digas que fue un sueño, no aceptes tan vanas esperanzas.

Extraños. Extraños. Extraños. Pasan por tu vida y desaparecen. Y al hacerlo parece que nunca estuvieron allí. Pero en algún lugar de ti los sientes reales. Y echas de menos no lo que fueron, sino lo que son. Por muy incomprensible que te parezca y por mucho que tengas ganas de mandarlos a la mierda. A veces. Sólo a veces. Pero todo tiene un precio y los extraños, a veces, no lo merecen.

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