Ser o no ser… teatreros

13 06 2012

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Confieso que no he ido demasiado al teatro en mi vida. Seguramente ha sido culpa del bolsillo. O tal vez se deba a que los (efímeros) genes de las tablas se los llevó todos mi hermano. O a que llevo toda la vida interpretando papeles a petición del público. Puede ser cualquiera y aún así todas son un poco pobres como excusa. Sobre todo porque, con compañía o sin ella, siempre ha sido un placer.

No ha sido fácil llegar a la sala 2 de las Naves del Español en el Matadero hoy. Durante todo el día he estado pensando cómo “librarme” de la cita, arrepintiéndome de haber dicho que sí. No he sido la única. Menos mal que las circunstancias no nos han hecho demasiado caso. Y así, a las ocho y media estábamos sentados frente al escenario.

Lo primero que me ha impresionado ha sido el lugar. Íntimo, cercano y envolvente. Sentías las gotas de sudor de los actores y podías adivinar hasta el color de sus ojos. Imposible perder una palabra en la distancia o un detalle en el descuido.

Después estaba él. Will. O quien quiera que se esconda tras el nombre de Shakespeare. Poco importa en este caso. Me enamoró cuando “El sueño de una noche de verano” cayó en mis manos. En esa edición de tapa blanda en rosa y blanco completada por “Noche de reyes”. Mi infancia era una buena clienta para su comedia de hadas y magia. El poco teatro que he leído está en su mayoría firmado por él. Hoy una de sus frases más célebres resonaba en la sala. Ser o no ser, esa es la cuestión. Sigo enamorada. El nuestro es un amor calmado. Hecho de grandes silencios, sentidas ausencias y maravillosos reencuentros. Un placer en pequeñas dosis.

También estaban ellos. Hamlet, Claudio, Gertrudis, Ofelia, Horacio, Laertes, Polonio… Que hoy eran un puñado de nombres famosos y caras reconocibles. Un derroche de talento en una puesta en escena genial y simple con una coreografía deliciosa y al milímetro. En un escenario minimalista, industrial y versátil no apto para la prevención de riesgos laborales. Un escenario demasiado pequeño para tanto nombre famoso y cara reconocible así que muchos se quedaron en el bar (una fugaz escapada en el intermedio permitió el descubrimiento).

Y por último estaba ella. La locura vestida de venganza. Exagerada y letal. Porque de ella depende el éxito de un Hamlet. Alberto San Juan no es santo de mi devoción y los primeros minutos no hacen presagiar nada bueno. Pero se le dan bien los personajes extremos y cuando Hamlet se convierte en uno por exigencias del guión, San Juan se luce. Imprescindible. Porque (casi) todos los que le rodean tienen tanta fuerza que parece una obra sin protagonista.

Casi tres horas de placer que me traen recuerdos de otras épocas, otras gentes, otras circunstancias y otros escenarios.

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PD: Uno no espera reírse en una obra en la que todos acaban muertos. Pero lo hace. Es la marca del genio.

Morir, dormir. Dormir… tal vez soñar.
Vivir, reír. Reír… tal vez llorar.

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