Infancias aranesas

2 05 2013

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Infancias aranesas.

La vida me ha quitado muchas cosas a mis 27. Seguramente esta no sea la más importante de todas, pero a veces duele como si lo fuera. Tal vez porque muchos de los mejores recuerdos de mi infancia están ligados a ella. Quizás porque siempre me hizo sentir viva. Aún antes de saber qué era eso.

Tenía 7 años la primera vez que me subí a unos esquís y de aquello recuerdo poco más que un puñado de fotos. Pero en los 11 años que siguieron a ese momento creé un universo perfecto en el que cada cosa tiene su sitio y cada sitio es un recuerdo que podría haber sucedido ayer.

Aún puedo sentir la nieve bajo mis pies. El olor a plástico, sudor y frío del Tuc Blanc. El ritual del alquiler de botas. El clic al encajarlas en los esquís. El golpe seco del esquí al soltar la bota del pie contrario. El sabor de la chocolatina de la comida, del sandwich y el zumo de naranja de la merienda. El tacto del pan tumaca del desayuno. Mis abuelos esperando a pie de pista. El parte meteorológico en la radio empotrada en la pared de la habitación del hotel. Mi madre y su espalda siempre ausentes. La emoción del telesilla. El terror al arrastre. El peso de las botas y el dolor al caminar. Los esquís que siempre se me resbalan al llevarlos al hombro. Las gafas empañadas. Mi anorak siempre estridente a pesar de los cambios de vestuario.  Las formas redondeadas de la nieve. El suave empujón del telesilla al llegar. Su inercia. El paisaje espectacular del valle y su belleza infinita. Mi amor por la pista de Argulls. El Mirador, Luis Arias, la Cara Nord, el Tube Nere, Bonaigua, el Pla de Beret, la Rabada, Tortuga, Esquiros, la bajada al hotel. Los monitores con su mono rojo y sus dedos de menos. El chus. La cuña. El paralelo. La pérdida de control en cada giro con mi cuerpo y mi culo siempre demasiado atrás. La supuesta herida en la espinilla que yo nunca tuve. Por mi culo siempre demasiado atrás. La ola de nieve que lo sepulta todo al frenar a pie de pista. El miedo al esquiar sobre el hielo. Mis dedos congelados en una soleada tarde de abril. Los labios pintados de blanco cada media hora. Ganar a mi prima en las carreras de fin de curso. Experimentar por primera (y casi única) vez el placer de la comida. La tortilla de patata del Peru. Su tarta de manzana. Las codornices escabechadas de Arties. El italiano de abajo. El Can algo del profesor de esquí de mi tía. La olla aranesa que nunca entendí que alguien se pudiera comer. La crema catalana. El Peru, siempre el Peru y solo el Peru. Las calles de Bagergue, estrechas y empinadas. La arquitectura. Los inclinados tejados de pizarra. La tenue luz que sale por las ventanas de madera. La silueta de las montañas al anochecer. La nieve en el parabrisas. El frío en la cara. El riachuelo. Mi querido Val d’Aran. Aran-Aneu. El túnel de Vielha y los bocadillos en Lérida. El viaje por Francia atravesando el Garona. Escunhau, Salardú, Bossòst.

Esquiar durante horas sin descanso. La nieve bajo mis pies. El tacto de mis esquís. La libertad, la felicidad, la pérdida. La nostalgia, el dolor, la impotencia. Mis tobillos, mis genes, mis lágrimas. El saber que nunca más. Un pasado de esquiadora que siempre me perseguirá.

Val d’Aran. Aran-Aneu.

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