Océano de recursos

17 04 2016

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Todo empezó un 20 de abril de 2014.

ROMA/23. Hordas de turistas asaltan y conquistan la piazza del Campidoglio en esta tarde de domingo de resurrección. Pero un día antes de que se funde la Ciudad, el mons Capitolinus está en calma: las sabinas detienen la guerra, las ocas descubren a los galos, el imperator celebra su triunfo, el traidor es arrojado por la rupe Tarpea. No se me ocurre un lugar mejor en el que empezar un nuevo proyecto.

Fasti Congressuum nace así. Como un deseo quimérico de una doctoranda en pleno renacer. Roma volvía a ser mi hogar. Y yo aprendía, al fin, a ser capaz de todo. “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”. Puestos a soñar, soñé lo imposible. Un proyecto global, sin fronteras disciplinares, idiomáticas o nacionales. Donde todos los congresos de la Antigüedad tuviesen su sitio. Pronto todo era demasiado grande, demasiado ambicioso y mi tesis, como debe ser, demasiado absorbente. Yo no daba abasto, nosotros dos no éramos suficientes. Todo estaba listo, solo hacían falta tiempo y recursos. Y pareció que Fasti moriría justo antes de alcanzar la orilla.

Todo empezó, de verdad, hace un año. Un 17 de abril de 2015. Cuando Fasti Congressuum fue lanzado a lidiar con el mundo. Detrás, meses de trabajo, sudor y contactos.

Mi pequeño bebé me ha regalado algo de un valor incalculable: recursos. Recursos que tienen nombre, que lo mantienen vivo, que jamás lo dejan solo. Que nunca me dejan sola. Cómo y por qué cada uno de ellos acabó siendo parte de este equipo es una historia intrascendente que no hacía presagiar este ahora. Desconocidos, semiconocidos, malconocidos. Así eran cada uno de ellos en mi universo. Hoy son mi vida, mi apoyo, mis compañeros, mis risas, mis viajes, mis ilusiones, mis locuras, mi salud mental, mis amigos. Son recursos de un valor incalculable. Cada uno de ellos por sí mismo y todos en global.

Fasti no es solo mi orgullo, mi bebé, es, sobre todo, mi pequeño gran océano de recursos. Incalculables. Inconmensurables. Inmensos.

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Ser o no ser… teatreros

13 06 2012

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Confieso que no he ido demasiado al teatro en mi vida. Seguramente ha sido culpa del bolsillo. O tal vez se deba a que los (efímeros) genes de las tablas se los llevó todos mi hermano. O a que llevo toda la vida interpretando papeles a petición del público. Puede ser cualquiera y aún así todas son un poco pobres como excusa. Sobre todo porque, con compañía o sin ella, siempre ha sido un placer.

No ha sido fácil llegar a la sala 2 de las Naves del Español en el Matadero hoy. Durante todo el día he estado pensando cómo “librarme” de la cita, arrepintiéndome de haber dicho que sí. No he sido la única. Menos mal que las circunstancias no nos han hecho demasiado caso. Y así, a las ocho y media estábamos sentados frente al escenario.

Lo primero que me ha impresionado ha sido el lugar. Íntimo, cercano y envolvente. Sentías las gotas de sudor de los actores y podías adivinar hasta el color de sus ojos. Imposible perder una palabra en la distancia o un detalle en el descuido.

Después estaba él. Will. O quien quiera que se esconda tras el nombre de Shakespeare. Poco importa en este caso. Me enamoró cuando “El sueño de una noche de verano” cayó en mis manos. En esa edición de tapa blanda en rosa y blanco completada por “Noche de reyes”. Mi infancia era una buena clienta para su comedia de hadas y magia. El poco teatro que he leído está en su mayoría firmado por él. Hoy una de sus frases más célebres resonaba en la sala. Ser o no ser, esa es la cuestión. Sigo enamorada. El nuestro es un amor calmado. Hecho de grandes silencios, sentidas ausencias y maravillosos reencuentros. Un placer en pequeñas dosis.

También estaban ellos. Hamlet, Claudio, Gertrudis, Ofelia, Horacio, Laertes, Polonio… Que hoy eran un puñado de nombres famosos y caras reconocibles. Un derroche de talento en una puesta en escena genial y simple con una coreografía deliciosa y al milímetro. En un escenario minimalista, industrial y versátil no apto para la prevención de riesgos laborales. Un escenario demasiado pequeño para tanto nombre famoso y cara reconocible así que muchos se quedaron en el bar (una fugaz escapada en el intermedio permitió el descubrimiento).

Y por último estaba ella. La locura vestida de venganza. Exagerada y letal. Porque de ella depende el éxito de un Hamlet. Alberto San Juan no es santo de mi devoción y los primeros minutos no hacen presagiar nada bueno. Pero se le dan bien los personajes extremos y cuando Hamlet se convierte en uno por exigencias del guión, San Juan se luce. Imprescindible. Porque (casi) todos los que le rodean tienen tanta fuerza que parece una obra sin protagonista.

Casi tres horas de placer que me traen recuerdos de otras épocas, otras gentes, otras circunstancias y otros escenarios.

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PD: Uno no espera reírse en una obra en la que todos acaban muertos. Pero lo hace. Es la marca del genio.

Morir, dormir. Dormir… tal vez soñar.
Vivir, reír. Reír… tal vez llorar.

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