Mi lugar en el mundo

31 12 2013

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mi lugar en el mundo

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Roma, 27 noviembre 2013. Fue sentido y vivido en italiano y así lo reproduzco. Todo lo que una traducción puede parecerse a un original está al final.

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Ci sono posti nella vita che ti rendono felice. Non importa se la tua vita va a pezzi, non importa se ci sono delle decisioni difficili da prendere, non importano le malattie, le incertezze, le difficoltà. Tutto è al suo posto lì. Il mondo continua a girare senza di te. Ogni secondo dura una vita e ogni vita, un’eternità.

Io vivrei qua, su questa roccia. Su questo pezzo di marmo c’è tutto il mio mondo. Sono me stessa come non mai. Ne ho preso delle decisioni, ho versato lacrime, ho immaginato la realizzazione dei miei sogni. Col tempio del divo Iulio a destra e la piazza del foro a sinistra. Con la basilica Aemilia di fronte e il tempio di Castore e Polluce dietro la mia schiena. Col sole o il freddo, pure con la pioggia.

Sono circondata di turisti da tutte le parti. Ma per me loro ad un certo punto spariscono. Ci siamo solo io e la mie rovine. Una pietra per ogni volta che la mia via è andata a pezzi. Sopratutto in questa città. Maltrattata, umiliata, obbligata. Ma su questa roccia lei non poteva entrare. Era tutta mia. Ero libera pure delle invisibili catene che mi legavano alla nostra storia.

Sono tornata un anno e mezzo dopo la fine di quell’inferno. La roccia era ancora qua, ancorata al tempo e a me stessa. Il mio mondo continuava a girare in questo posto come lo fa ancora. Oggi sono qui per salutare. Tornerò presto. Prima di quanto ne pensasi quando sono atterrata a Roma qualche giorno fa. E tornerò a sedermi su questa roccia a guardare la gente che passa, a sentire i gabbiani che strillano… A sentire come il mio mondo torna in pace.

Mi fermo. Un attimo di calma. Respiro profondamente. Chiudo gli occhi. Sento l’odore del tempo, il vento sul mio viso. Apro gli occhi. Sono a casa.

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Hay lugares en la vida que te hacen feliz. No importa si tu vida se hace añicos, no importa si hay decisiones difíciles que tomar, no importan las enfermedades, las incertidumbres, las dificultades. Allí todo está en su sitio. El mundo sigue girando sin ti. Cada segundo dura una vida y cada vida, una eternidad.

Yo viviría aquí, en esta roca. En este trozo de mármol está todo mi mundo. Soy yo misma como nunca antes. He tomado decisiones, he llorado, he imaginado la realización de mis sueños. Con el templo del divino Julio a la derecha y la plaza del foro a la izquierda. Con la basílica Aemilia enfrente y el templo de Cástor y Pollúx tras mi espalda. Con el sol o el frío, hasta con la lluvia.

Estoy rodeada de turistas por todas partes. Pero para mi, llega un punto en que desaparecen. Solo estamos yo y mis ruinas. Una piedra por cada vez que mi vida se ha hecho añicos. Sobre todo en esta ciudad. Maltratada, humillada, obligada. Pero en esta roca, ella no podía entrar. Era toda mía. Ero libre hasta de las invisibles cadenas que me unían a nuestra historia.

He vuelto un año y medio después del final de aquel infierno. La roca estaba aún allí, anclada al tiempo y a mi misma. Mi mundo continuaba a girar en este lugar como la hace ahora. Hoy estoy aquí para despedirme. Volveré pronto. Antes de lo que creía cuando aterricé en Roma hace unos días. Y volveré a sentarme en esta roca a mirar la gente que pasa, a oír las gaviotas que gritan… A sentir como mi mundo vuelve a la paz.

Me paro. Un momento de calma. Respiro profundamente. Cierro los ojos. Siento el olor del tiempo, el viento en mi cara. Abro los ojos. Estoy en casa.

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Infancias aranesas

2 05 2013

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Infancias aranesas.

La vida me ha quitado muchas cosas a mis 27. Seguramente esta no sea la más importante de todas, pero a veces duele como si lo fuera. Tal vez porque muchos de los mejores recuerdos de mi infancia están ligados a ella. Quizás porque siempre me hizo sentir viva. Aún antes de saber qué era eso.

Tenía 7 años la primera vez que me subí a unos esquís y de aquello recuerdo poco más que un puñado de fotos. Pero en los 11 años que siguieron a ese momento creé un universo perfecto en el que cada cosa tiene su sitio y cada sitio es un recuerdo que podría haber sucedido ayer.

Aún puedo sentir la nieve bajo mis pies. El olor a plástico, sudor y frío del Tuc Blanc. El ritual del alquiler de botas. El clic al encajarlas en los esquís. El golpe seco del esquí al soltar la bota del pie contrario. El sabor de la chocolatina de la comida, del sandwich y el zumo de naranja de la merienda. El tacto del pan tumaca del desayuno. Mis abuelos esperando a pie de pista. El parte meteorológico en la radio empotrada en la pared de la habitación del hotel. Mi madre y su espalda siempre ausentes. La emoción del telesilla. El terror al arrastre. El peso de las botas y el dolor al caminar. Los esquís que siempre se me resbalan al llevarlos al hombro. Las gafas empañadas. Mi anorak siempre estridente a pesar de los cambios de vestuario.  Las formas redondeadas de la nieve. El suave empujón del telesilla al llegar. Su inercia. El paisaje espectacular del valle y su belleza infinita. Mi amor por la pista de Argulls. El Mirador, Luis Arias, la Cara Nord, el Tube Nere, Bonaigua, el Pla de Beret, la Rabada, Tortuga, Esquiros, la bajada al hotel. Los monitores con su mono rojo y sus dedos de menos. El chus. La cuña. El paralelo. La pérdida de control en cada giro con mi cuerpo y mi culo siempre demasiado atrás. La supuesta herida en la espinilla que yo nunca tuve. Por mi culo siempre demasiado atrás. La ola de nieve que lo sepulta todo al frenar a pie de pista. El miedo al esquiar sobre el hielo. Mis dedos congelados en una soleada tarde de abril. Los labios pintados de blanco cada media hora. Ganar a mi prima en las carreras de fin de curso. Experimentar por primera (y casi única) vez el placer de la comida. La tortilla de patata del Peru. Su tarta de manzana. Las codornices escabechadas de Arties. El italiano de abajo. El Can algo del profesor de esquí de mi tía. La olla aranesa que nunca entendí que alguien se pudiera comer. La crema catalana. El Peru, siempre el Peru y solo el Peru. Las calles de Bagergue, estrechas y empinadas. La arquitectura. Los inclinados tejados de pizarra. La tenue luz que sale por las ventanas de madera. La silueta de las montañas al anochecer. La nieve en el parabrisas. El frío en la cara. El riachuelo. Mi querido Val d’Aran. Aran-Aneu. El túnel de Vielha y los bocadillos en Lérida. El viaje por Francia atravesando el Garona. Escunhau, Salardú, Bossòst.

Esquiar durante horas sin descanso. La nieve bajo mis pies. El tacto de mis esquís. La libertad, la felicidad, la pérdida. La nostalgia, el dolor, la impotencia. Mis tobillos, mis genes, mis lágrimas. El saber que nunca más. Un pasado de esquiadora que siempre me perseguirá.

Val d’Aran. Aran-Aneu.

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#12M15M Recuerdos y reencuentros con SOL

22 05 2012

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Hace un año amanecí en SOL. Era una mañana soleada de la jornada de reflexión. Cualquier acto político había sido declarado ilegal por la Junta Electoral Central. Pero todo lo personal es político, ¿me prohibirían vivir esa jornada? Habían sido días intensos desde el 15 de mayo. Un domingo que yo me había quedado en casa a ver una final de Nadal que no hacía más que retrasarse por la lluvia que caía sobre Roma. Un domingo que ni siquiera sabía de qué iba la mani aunque tuviera intención de ir para acompañar a alguien. Pero el 17 todo cambió para mi. Otro alguien me invitó a ir a SOL. Había una concentración por las detenidas de esos días. No tenía nada que hacer, me pillaba de paso y fui. Y entonces, DESPERTÉ.

A partir de ese momento se sucedieron concentraciones, manifestaciones, asambleas, indignación, consensos, debates, experiencias… Un nuevo mundo se abrió ante mis ojos. Cambió mi lenguaje, mis gestos, mis conocimientos, mis ganas, mi civismo. Toda yo fui transformada por algo llamado 15M. Por las miles de personas que durante este año han influido en lo que soy, lo que siento, lo que espero, por lo que lucho. Me han hecho y me he hecho mejor.

Y aquel día que amanecí en SOL fue la primera gran prueba de todo lo que estaba cambiando en mí. El día 22 escribí:

Ayer amanecí en SOL. Cogí un autobús y dormí en Burgos. Me levanté y fui a votar. Ahora cojo otro autobús y vuelvo a SOL. 6 horas de viaje en un día para respaldar lo que llevo toda la semana defendiendo: No somos antisistema, el sistema es anti-nosotros.

Hoy es de nuevo 22 de mayo. Y no estoy frente a mi tesis en la biblioteca porque hay huelga general de educación. El poder político y económico sigue siendo el mismo. Los mismos se aferran a sus puestos y sus privilegios como a un clavo ardiendo. Se les llena la boca con la palabra crisis mientras aumentan sus sueldos y nos recortan la vida. Pero nosotros hemos cambiado. Somos más, somos legión, SOMOS. Y eso es mucho más que hace un año. DORMÍAMOS, DESPERTAMOS. PLAZA TOMADA.

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El 12M volvimos a SOL. Aunque nunca nos hubiéramos ido. Aunque durante este año muchas manifestaciones hubieran acabado allí. Volvimos a SOL a celebrar nuestra indignación, nuestra unión; a celebrar que a pesar de que nos han dado por muertos, un año después seguimos en las calles, en las plazas, en tu conciencia. El gobierno ha cambiado de nombre, pero no de amo. La gente con la que salí a la calle durante todo el verano está ahora lejos. Pero SOL está lleno de viejos (des)conocidos. Llevo los nombres de los abogados pintados en el brazo, la máscara de V cubre mi nuca, el símbolo de la  paz pintado por soldados armados adorna mi camiseta a lo Bansky, la nueva libreta y el viejo boli siguen acompañando mi marcha, la cámara sigue maravillándose ante el ingenio de la gente. Me faltas tu. Pero en SOL no necesito a nadie. Soy feliz. DORMÍAMOS, DESPERTAMOS. PLAZA (RE)TOMADA.

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El 15M no estaba en SOL. Estaba en la Plaça del Quinze de Maig de Valencia. Esa cuyo bautizo ha quedado inmortalizada por una foto que se ha llevado el Premio Ortega y Gasset de Periodismo gráfico de 2012. Había sido un día agotador de turismo por Valencia y el centro no me pillaba a mano. El cansancio me vencía y no había logrado encontrar en internet pocos días antes si había algo preparado para ese día. Decidí tentar la suerte e ir. Valencia es un símbolo en este año de indignación y quería rendirle mi pequeño homenaje en este aniversario. Lo primero que vi al llegar fueron las imprescindibles lecheras que protegían el ayuntamiento como si fuéramos a atacarlo con cócteles molotov. En el centro de la plaza una pequeña asamblea en torno a un megáfono, unas flores y una vela encendida. Era íntimo y acogedor. Había llegado tarde y la reunión casi tocaba a su fin. Pero me sentí en casa. A 300 kilómetros de SOL estaba en casa. Las dinámicas de la asamblea eran diferentes, pero aún así me sentía parte de aquello. Hay tantos 15M como personas porque es algo que cada uno lleva dentro. Lo realmente increíble es ponerlo en conexión y comunión con todos los demás. La asamblea terminó y se hicieron grupitos. El centro seguía marcándolo el megáfono con las flores y la vela a los que alguien había añadido una pancarta. Toma la plaza. Valencia. Poco después apareció una señora e hizo de aquel aniversario algo mucho más valenciano. Encendió dos pirotecnias y cantamos el cumpleaños feliz. Al acabar hizo un pequeño discurso que acabó con el célebre Senyor pirotècnic, pot començar la mascletà! Que efectivamente empezó. Y con el ruido de los petardos viví un nuevo 15M. Porque somos miles. Somos millones. #Global revolution

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Pero Valencia aún me tenía reservado un 16M de #marchaverde. Aunque allí en realidad todo esté poblado de camisetas negras. Y ahora seguimos en las calles. Mientras haya un derecho que defender, un derecho por el que luchar. SI NO NOS DEJÁIS SOÑAR, NO OS DEJAREMOS DORMIR.

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¿A qué huelen las ciudades?

8 05 2012

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La primera vez que me planteé esta pregunta fue por culpa de una ex. El protagonista de El Perfume era un aficionado a su lado. No en lo de psicópata, en el olfato. Pero tenía razón. Los olores son un mundo misterioso. Uno que yo no domino. Pero en el que ella era una auténtica artista.

Atardecía en la Ciudad Eterna. Si cierro los ojos aún soy capaz de ver el cielo azul, los jirones de nubes en el horizonte, la estela del avión surcando el cielo y la piazza del Campidoglio llenándose de sombras. La silueta de Marco Aurelio a caballo se erige imponente en medio de la imagen. Los museos han cerrado y aún quedan grupos de turistas por la plaza. Silencio. Aún soy capaz de escuchar aquel silencio teñido de murmullos. Apoyada contra el palazzo Senatorio miro pasar el tiempo. Y entonces lo siento por primera vez. Huele a Roma. Es un olor particular que no soy capaz de recordar ahora y que mi ignorancia no sabe describir. Pero huele a Roma. Y en ningún lugar del mundo podría oler de esa manera. Respiro hondo llenándome los pulmones de vida. Y entonces decido romper el tácito acuerdo de no comunicarnos. En la pantalla de mi móvil sólo una pregunta. ¿Crees que cada ciudad tiene su propio olor? Mensaje enviado. Me quedo allí aún un rato más. Una sonrisa ilumina mi cara. La satisfacción recorre cada centímetro de mi mientras me pregunto cómo es posible que no me haya dado cuenta hasta ahora. 5 viajes como turista, 2 años de mi vida entre sus calles y nunca me había parado a pensar y sentir a qué huele Roma.

Ayer cuando volví a casa las calles estaban vacías. Sólo había estado 24 horas fuera y, aún así, al salir de la boca del metro lo sentí. El olor de Madrid me llenó los pulmones. Sabía que tenía que vivir intensamente esos instantes porque son efímeros. Antes de que pudiera llegar al final de mi calle el olor habría desaparecido. Confundido en la rutina, escondido, olvidado. Cada día Madrid no huele a nada. A veces el viento trae olor a tierra mojada, o de una pastelería llega el olor de los bollos recién horneados, o un fumador ennegrece mis pulmones. Y mientras tanto Madrid no huele a nada. Pero hay días… hay días en los que puedo vivir Madrid en un solo respiro. Al pisar de nuevo sus calles, siento que su olor me envuelve, me da la bienvenida, me estremece. Y sé que estoy en casa. Con la misma certeza con la que hace un año, sentada en una plaza de Roma, sabía que respiraba el paraíso.

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Qurtuba

28 04 2012

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La noche de Córdoba es amarilla. Huele a naranjos y sabe a pasado. En Córdoba todo es secreto, todo está oculto tras muros de cal y ladrillo. El corazón de Córdoba es agua, se pinta de verde y suena a murmullo. Córdoba vale más por lo que esconde que por lo que muestra.

Hace unos minutos que han tocado las diez en las campanas de la catedral. Ahora el canto del muecín resuena por las calles estrechas de Córdoba. Frente a la mezquita los turistas pasan sin inmutarse. La armónica relación de lo improbable flota en un aire que nadie respira. El instante se desvanece…

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La primera vez que visitas una ciudad necesitas un momento de conciliación. Pueden ser minutos, horas, días en los que la ciudad y tu os exploráis, os conocéis, os moldeáis. Mi momento en Córdoba duró lo que se tarda en pasar de la estación de tren al yacimiento romano de Cercadilla. No más de 30 pasos. Ante mi tímida actitud frente a una puerta que amenazaba con un “visita solo con reserva previa”, la amable mujer que se encarga de él me invito a entrar. Tres palabras describen mi momento de armonía con Córdoba: ruinas, romanas, imprevistas. Desde ese momento hasta que tres días después cogí un AVE de vuelta a casa, Córdoba se convirtió en mi recuerdo perfecto de un lugar ¿común?

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Y es que yo entre ruinas soy feliz. Estaba donde quería estar, sin la sensación de estar perdiéndome algo a kilómetros de allí. Pero a veces la felicidad que te provoca una ciudad te hace echar de menos a los que no están. Echas de menos a alguien con quien compartirlo, pero al mismo tiempo estás bien sola. La ciudad y tu. Córdoba y yo. Mientras el sol jugaba al ratón y el gato con mis gafas.

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Córdoba me recuerda a Mérida. Tal vez sean las casas bajas y blancas, las calles estrechas, la sensación de pueblecito. Tal vez un queseyó romano que perdura en ellas. Incluso puede que influya el cielo nublado.

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Sus calles tienen un algo que engancha. A pesar de su suelo revientapiernas. Que es muy bonito, pero no llevo bien la relación amor-odio que ha establecido con mis pies. Pero volvamos a sus calles. O mejor, a sus paredes. O mejor aún, a sus nombres. El encanto de Córdoba está sin duda en los extraños nombres de sus calles estrechas y rebuscadas. Ideales para perderse. O para encontrarse. Todo depende de cómo lo interprete uno. Porque alguien ha tenido la feliz ocurrencia de copiar el estilo de azulejos blancos con letras negras para hacer de Córdoba un laberinto. Digamos mejor, una experiencia. Carteles como estos:

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Si tengo que elegir un lugar de Córdoba me quedo con la Plaza de Jerónimo Paéz cuando el sol empieza a caer. Es una plaza amplia llena de árboles. Todo lo amplia que puede ser una plaza en el centro histórico de Córdoba. Sentada sobre un bloque de mármol se oye el murmullo de los turistas que toman café en la terraza de un bar. Porque esta ciudad, para no variar, está llena de italianos. Y de abogados. Aunque lo de los abogados no he llegado a entenderlo. Mirando al sol a mi derecha hay un tesoro. El Museo Arqueológico. Un tesoro en proceso de restauración, pero lo poco que enseña está repleto de epígrafes. Y a mi la epigrafía me transporta. Hay pocas cosas en la vida de las que me sienta tan orgullosa como de ser alumna de S.O. Frente a uno de esos epígrafes viví un momento mágico. Ser parte de la escena en la que 3-4 grandes epigrafistas, de esos que escriben manuales y sientan cátedra, discuten la lectura de una pieza sólo puede llenarte de admiración.

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Pero las calles de Córdoba son algo más que suelos imposibles, nombres improbables y grandes ocurrencias. También están llenas de imágenes curiosas. De esas que no aparecen en las guías y nunca encuentras si vas buscándolas. Encontrar lo inverosímil en un lugar tan pequeño se hace raro. De hecho es raro sólo el hecho de que sea pequeño. Si llevaba allí dos días y me cruzaba con la gente ¡y la reconocía! ¿Qué no harán los cordobeses? ¡Y pensar que esta “ciudad” fue la capital de unas regiones más importantes del Imperio Romano! ¡Y pensar que esta “ciudad” fue la capital del mundo árabe!

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Luego hay otra Córdoba. Más turística y más profana. Sí, profana. Porque todo en esta vida es cuestión de perspectivas. No es una Córdoba más fea, menos encantadora o menos embriagadora. Sólo es… es… menos yo.

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