Historias de verano, tormentas de otoño

22 10 2013

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La última vez que me dolió un tormenta quería cosas nuevas que no os pertenecieran. Quería que el agua mojase mis cicatrices y no me llovierais dentro. Quería días de lluvia que no se me metieran por las venas y me chuparan la sangre. La última vez que me dolió una tormenta, no existías.

Pero hoy llueve. Y huele a melancolía. Y sabe a hiel. Han cambiado vuestros rostros, pero no nuestras heridas. El agua de vuestra lluvia está podrido y corrompe todo lo que toca. Mis cicatrices huelen a azufre y supuran al pensaros. Sois todo lo que extirparía si supiera qué hacer con vuestro vacío. Sois un sueño de verano que se desvanece entre las lluvias del otoño.

Y al quitaros, quedas tu. Y los demasiados recuerdos que tengo de ti. Y demasiados de ellos no provocan ni dolor ni rabia. Solo amor. Profundo, limpio, irracional. Recuerdos irreales. O tal vez solo improbables. No te quedaste colgada de las nubes. No te perdiste en algún punto de aquella llanura. No borraste tu sonrisa de mis recuerdos. No desapareciste. Nadie me escuchó llorar que te necesitaba lejos de este suicidarnos.

Y ahora el tiempo ha pasado. Ya es tarde. Y llueve. Es un día huraño, oscuro y triste. Y me dueles con lluvia. Tu agua está lleno de palabras de silencio. Y la irracional necesidad de mojarme lo llena todo. Eres mi nueva herida. Estás abierta y expuesta. Te llueve su veneno y no cicatrizas.

Pero existen otros momentos y otras lluvias. Que huelen a tierra mojada, que saben a plenitud. Que limpian nuestra herida y me reconcilian con tus recuerdos. Irreales. Improbables. Imposibles.

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Como todo acaba

15 10 2013

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Sobre un teatro de Plovdiv.
Con sus palabras golpeando ajenas mi cara
——– y tus dedos recorriendo su piel.
Como todo acaba.
En el silencio de unas ruinas que llaman a otros tiempos.

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Fin de la función.
Salen los actores.
El sol se oculta.
Tu trepas por las piedras.
Sonríes. Fin.
El mundo puede morir ahora.
Yo soy feliz.

Como todo acaba.

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Floto en aire donde no llegan.
Ya nada importa.
El límite es un evento inesperado.
Te giras y retuerces: sigues en mi.
Pero no eres tu,
————————- ni fuiste tu,
——————————————- ni serás tu.
El ojalá es una corrupción desde el absurdo.
Hay historias donde no caben más de dos.
 Y tu y yo somos multitud.

En un teatro de Plovdiv.
Fin de la función.
Dejen sus denarios al salir.

Como todo acaba.

Por el largo camino del desamor.

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Donde todo empieza

26 09 2013

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Eres un recuerdo vago de dos noches de hotel.
Un día de verano en el campo.
O un sobre lacrado en un buzón.

Eres todo lo que no eres.

Eres carcajadas en un tejado alemán.
Una foto por cada avión.
Una historia sin contar.

Eres todo lo que no serás.

Eres un ideal en la retina.
Un mal negocio.
Una constante conversación.

Ni eres. Ni fuiste. Ni serás.

Eres mi poesía sin alma.
Tus dedos sobre mi piel.
Mi próximo destino.

Eres. Ojalá.

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El verano es un mundo paralelo

18 08 2013

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el verano es un mundo paralelo.

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Hoy siento. No sé muy bien el qué, pero siento. Quisiera escuchar algo, pero no encuentro la melodía de mis pensamientos. La brisa fresca del verano se cuela por mi ventana. Mis dedos tiemblan sobre las teclas. La necesidad de contar recorre mi cuerpo. Lo noto en tensión. No sabe qué decir, pero quiere decir algo.

Tal vez sea este verano que nos vuelve irreales. El verano es un mundo paralelo en el que nada es lo que parece. A veces me gusta vivir en él. Conoces a gente extraña, incluso a gente que te cambia la vida. Quieres vivir y sentir. El aire que se levanta por las noches está lleno de esperanza. Sin grandes motivos. Haces cosas impensables, cosas en las que tu “yo” del resto del año no te reconocería. Y sin embargo, vives. Tonteas, vienes, vas, sientes, ríes, lloras, discutes, confías, viajas… Aprendes. El verano es una pequeña vida concentrada en un puñado de días. Nada de lo que ocurre es real. Nada. Hasta el calor que filtra la ventana al atardecer es solo un espejismo.

No me he casado con el ventilador. No he vivido una #SobredosisDeGriego. No he salido en la tele, roja y asfixiada. No he sentido (en) Bilbao. No he llorado por ti… otra vez. Y no me has dolido. No me he planteado volver. No he confiado en alguien inesperado por inesperadas razones. No me he arrepentido de ayudarte. No me he reconciliado con vosotras. Ni con vosotros. No he aprendido a hablar contigo 21 años después. No he vibrado con nuestra canción. No he hecho locuras a altas horas de la madrugada. No me he embarcado en empresas tal vez inabarcables. No he muerto o resucitado en Pirineos. No hemos hecho de mi cuarto un confesionario. No voy a coger un avión a Berlin. Ni siquiera dos aviones a Berlin. No han ido demasiadas cosas mal. No voy a echar de menos algo que ni siquiera sé qué es y que alguien piensa que me hace más infeliz.

Solo una cosa es cierta. Las mejores cosas de esta vida me han pasado por casualidad. Tal vez eso baste para hacer el verano… real.

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Yo soy ellos o la homofobia

24 05 2013

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homofobia

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La primera vez que fui consciente de haberme enamorado todo terminó mal. Muy mal. Por muchos motivos. Tal vez por demasiados.

La primera vez que fui consciente de haberme enamorado, me enamoré de una mujer. No esperaba nada más que vivirlo platónicamente y alimentar mi poesía. Nunca había escrito tanto ni tan bueno. La primera vez que fui consciente de haberme enamorado, fue la última vez que fui capaz de escribir poesía. Todo estalló tan rápido que ni me dio tiempo a plantearme si era lesbiana. Pero otros se lo plantearon por mi. Y me dio tanto miedo el rechazo generalizado que lo sepulté en algún lugar del caos y seguí adelante reafirmando una heterosexualidad que nunca había sentido demasiado mía.

La primera vez que me reconocí que era lesbiana, llevaba casi año y medio saliendo con una mujer. Año y medio anclada en un “solo porque eres tu”. La primera vez que salí conscientemente del armario fue ante esa mujer (que vivió siempre anclada en su propio “solo porque eres tu”). Recuerdo el muelle del Poetto, la brisa marina de la noche, el tacto del cemento en mis piernas, mi vista clavada en las sombras de la bahía como el momento más liberador de mi vida. Nunca he sido tan libre. He sido más visible, más feliz y más activista, pero nunca más libre que durante ese discurso en perfecto itañol.

Ser lesbiana no me ha cambiado la vida más que otro puñado de cosas que me caracterizan. Ha sido definirme políticamente (todo lo personal es político) como tal lo que lo ha hecho. Porque han pasado 6 años desde aquella noche en el Poetto y no ha sido fácil. No me han echado de casa, ni han impedido a mis novias entrar, pero el silencio a veces es más cruel que los gritos. El silencio y los comentarios sobre “ellos”. No es bueno para mi relacionarme con “ellos” que son… que son… son “así”. Un “así” no definido pero indudablemente peyorativo. Son “así” probablemente porque “ellos” sufren discriminación y han tenido que luchar mucho. En mi familia no saben porqué pero “ellos” no son buenos para mi porque son “así”.

Pero yo soy ellos. Ellos, en mayúscula y sin comillas. Porque yo también sufro discriminación y he tenido que luchar mucho. He aguantado miradas, comentarios, agresiones verbales. He tenido que esconderme y he sentido miedo. Tanto miedo que he abandonado el país en el que vivía y una homófoba Roma en la que desde pequeña había soñado con vivir. Porque vivir con miedo no es vivir.

Yo soy Ellos y Ellos estamos en todas partes. No somos “así”, simplemente somos. Cada uno a su manera. Como el resto del planeta.

Pero a mi familia su silencio no les deja ver que yo soy Ellos y que lo suyo también es homofobia.

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J o el dolor de la ausencia

15 05 2013

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J o el dolor de la ausencia.

Hay pocas cosas / tan ensordecedoras / como el silencio

Mario Benedetti, Rincón de Haikus

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Hoy es 15M y, aunque tu no lo sabes, hace dos años que el mundo despertó. Y yo con él. Pero aunque hoy es 15M yo solo siento dolor. Dolor y rabia. Y a veces me siento una persona horrible por desear que hubiera sido otro y no tu.

Han pasado 15 años. Parecen muchos, demasiados, pero las imágenes perviven en mi mente como si fuera ayer. A veces tengo tanto miedo a olvidar que siento que algo se me rompe por dentro. 12 años eran poca vida para mi frágil memoria. Y ahora eres un tabú. Nadie habla, nadie te nombra. Y yo siento rabia, rabia por todo lo que el resto nunca sabrá. Rabia por el terreno que la nada nos come.

Tu eras para mi todo. Mi verano era siempre una sucesión de seguir tu sombra. Recuerdo como esquilábamos ovejas, como cambiamos tubos, como veíamos crecer la alfalfa. Recuerdo la brisa en mi cara sentada sobre la rueda de tu tractor azul.

Te recuerdo sobrevolando los campos de trigo. Y ese es el recuerdo que más duele. Porque fue el que me dejó sin más recuerdos.

12 años de ti son demasiado pocos. 15 años de tabú son demasiado duros. Porque eres un fantasma del que nadie habla. Eres un dolor que solo se puede llevar dentro. Y hay muchos en casa que nada saben de ti. Y yo siento rabia. Rabia porque tu eras para mi todo. Rabia porque yo no dejo de pensar en ti ni un solo día. Porque no sé entenderme sin ti y nuestros recuerdos.

Aún te escucho llamarme Butragueño. Aún te oigo decir que soy como el pato Lucas, aunque nunca entendiera porqué. Aún siento como se forma una sonrisa en mi cara cuando te pregunto “¿qué haces?” y tu me vacilas diciéndome que estás “pescando unas truchitas”.

Unas truchitas… Creo que es sin duda el recuerdo que conservo con más cariño. Y quisiera volver atrás en el tiempo para volver a compartir contigo un paseo en tractor. Solos tu y yo cosechando un campo de alfalfa. Siento el sol en mi cara y oigo el sonido de tu risa. Y si cierro los ojos casi puedo acariciar el momento. Pero no estás. Hace 15 años que no estás. Y que yo no me subo a un tractor ni piso Alicante ni veo a nadie volar.

Hoy es 15M y yo solo siento dolor. Pero cierro los ojos, me subo a tu tractor y te cuento entre risas que soy 15M, que gracias a ello soy mejor persona, que me siento más yo, que dormí en la calle hace dos años luchando por lo que creo, que todos los goles que marco son para ti, que no hay día que no te sienta a mi lado, que nunca sabré lo que hubiéramos sido pero sé lo que fuimos. Tu, yo, la alfalfa y unas truchas en perfecta comunión.

Ojalá llegue el día en que tu nombre resuene en el salón bajo tu foto, en que el ambiente se llene de risas dolorosas contando tus locuras, en que los que nacieron después sepan quién eres y qué fuiste para cada uno de nosotros. Ojalá llegue el día en que no tenga que llorarte a solas, en que no sienta rabia y miedo a que tu recuerdo se difumine en la nada. Ojalá llegue el día en que esta familia comparta su pasado para no olvidar su futuro.

Mientras tanto seguirás como siempre a mi lado, en cada paso que doy, en cada cosa que hago y en cada sueño que cumplo. Porque tu eres J y eso para mi lo dice todo.

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Infancias aranesas

2 05 2013

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Infancias aranesas.

La vida me ha quitado muchas cosas a mis 27. Seguramente esta no sea la más importante de todas, pero a veces duele como si lo fuera. Tal vez porque muchos de los mejores recuerdos de mi infancia están ligados a ella. Quizás porque siempre me hizo sentir viva. Aún antes de saber qué era eso.

Tenía 7 años la primera vez que me subí a unos esquís y de aquello recuerdo poco más que un puñado de fotos. Pero en los 11 años que siguieron a ese momento creé un universo perfecto en el que cada cosa tiene su sitio y cada sitio es un recuerdo que podría haber sucedido ayer.

Aún puedo sentir la nieve bajo mis pies. El olor a plástico, sudor y frío del Tuc Blanc. El ritual del alquiler de botas. El clic al encajarlas en los esquís. El golpe seco del esquí al soltar la bota del pie contrario. El sabor de la chocolatina de la comida, del sandwich y el zumo de naranja de la merienda. El tacto del pan tumaca del desayuno. Mis abuelos esperando a pie de pista. El parte meteorológico en la radio empotrada en la pared de la habitación del hotel. Mi madre y su espalda siempre ausentes. La emoción del telesilla. El terror al arrastre. El peso de las botas y el dolor al caminar. Los esquís que siempre se me resbalan al llevarlos al hombro. Las gafas empañadas. Mi anorak siempre estridente a pesar de los cambios de vestuario.  Las formas redondeadas de la nieve. El suave empujón del telesilla al llegar. Su inercia. El paisaje espectacular del valle y su belleza infinita. Mi amor por la pista de Argulls. El Mirador, Luis Arias, la Cara Nord, el Tube Nere, Bonaigua, el Pla de Beret, la Rabada, Tortuga, Esquiros, la bajada al hotel. Los monitores con su mono rojo y sus dedos de menos. El chus. La cuña. El paralelo. La pérdida de control en cada giro con mi cuerpo y mi culo siempre demasiado atrás. La supuesta herida en la espinilla que yo nunca tuve. Por mi culo siempre demasiado atrás. La ola de nieve que lo sepulta todo al frenar a pie de pista. El miedo al esquiar sobre el hielo. Mis dedos congelados en una soleada tarde de abril. Los labios pintados de blanco cada media hora. Ganar a mi prima en las carreras de fin de curso. Experimentar por primera (y casi única) vez el placer de la comida. La tortilla de patata del Peru. Su tarta de manzana. Las codornices escabechadas de Arties. El italiano de abajo. El Can algo del profesor de esquí de mi tía. La olla aranesa que nunca entendí que alguien se pudiera comer. La crema catalana. El Peru, siempre el Peru y solo el Peru. Las calles de Bagergue, estrechas y empinadas. La arquitectura. Los inclinados tejados de pizarra. La tenue luz que sale por las ventanas de madera. La silueta de las montañas al anochecer. La nieve en el parabrisas. El frío en la cara. El riachuelo. Mi querido Val d’Aran. Aran-Aneu. El túnel de Vielha y los bocadillos en Lérida. El viaje por Francia atravesando el Garona. Escunhau, Salardú, Bossòst.

Esquiar durante horas sin descanso. La nieve bajo mis pies. El tacto de mis esquís. La libertad, la felicidad, la pérdida. La nostalgia, el dolor, la impotencia. Mis tobillos, mis genes, mis lágrimas. El saber que nunca más. Un pasado de esquiadora que siempre me perseguirá.

Val d’Aran. Aran-Aneu.

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